Días 21 y 22: Miami

Aterrizamos a las 6:30 AM en el aeropuerto de Miami. Vuelta a pasar por los eternos controles de seguridad y por supuesto, como bien nos temíamos, vuelta a retenerme para hacer una inspección extra a mi pasaporte. Como esta vez sí teníamos tiempo suficiente le pregunté al agente si no había forma de evitar esta verificación y simplemente me contestó que tenía un nombre muy común y que la única solución era cambiarme de nombre… En fin, se le quitan a uno las ganas de ir a los EE.UU.

hotelHabíamos contactado con el hotel vía correo ya que ofrecen traslado gratuito desde el aeropuerto, pero ni contestaron y al llegar a Miami no nos quedó otra que coger un taxi que por $33 nos dejó en el hotel. Feo detalle del hotel.

Por otra parte cuando llegamos no tenían habitaciones disponibles todavía así que tuvimos que cambiarnos en el baño de la planta baja. Nos dijeron que a la 1 quizá quedase alguna ya preparada, pero fuimos a la 1 y tampoco. ¡Siendo la hora de salida del hotel a las 11 sigo sin entender cómo no tenían ninguna habitación lista hasta las 3 de la tarde! Además por correo también habíamos avisado de que llegábamos muy temprano. Otro detalle feo del hotel.

Lo mejor que tiene el hotel es su situación: en el distrito Art Decó de Miami Beach, a pocos metros de la playa y entre la famosa Ocean Drive (paseo marítimo plagadito de bares de moda y restuantes) y la calle de las tiendas pijas. Además es un hotel muy coqueto, el vestíbulo de entrada es a la vez un bar decorado de forma muy moderna, mezclando elementos vintage repintados en blanco y negro con lámparas de araña y muebles “fashion”.

El vestíbulo-bar se convierte en sala de fiestas por la noche, con lo que el ruido de la música house se oye por todo el hotel. Afortunadamente nuestra habitación era la última del pasillo por lo que sufrimos menos este ruido que no sé a que hora acabó.

La habitación ($160) no es grande aunque suficiente para moverse y tener las cosas cómodamente. Sigue el mismo estilo moderno y coqueto de decoración. Lo que sí era muy pequeño era el baño, donde apenas se cabía en la ducha.

Como detalles a su favor, tienes una bebida de bienvenida de cortesía, y también te dejan toallas para ir a la muy cercana playa de South Beach. El traslado de vuelta al aeropuerto sí que nos lo organizaron gracias a estar presentes, aunque el autobusillo hacía solo un par de viajes a lo largo de la tarde.

En resumen, un hotel coqueto y estupendamente situado, pero deberían cuidar varios detalles para poder estar a la altura del precio que cuesta.

Salimos a desayunar y dimos con el News Café, una de las terrazas de Ocean Drive, justo enfrente de la playa. El desayuno fue bastante abundante, aunque no nos gustaron ciertos detalles de los camareros, que todavía parecían por espabilar a esas horas. Por ejemplo, la cuenta fue $16,48 (15% de propina incluida) y nos dió la vuelta para $17 echándole bastante morro.

Intentamos dar una pequeña vuelta para inspeccionar las calles de los alrededores, pero enseguida nos dimos cuenta de que las famosas tiendas de Collins Avenue y Ocean Drive (entre las que por supuesto se encuentra el Zara) no eran para tanto, así que sin más nos fuimos a la playa.

South Beach es un playón enorme, mide unos 40 metros de ancho y varios km de largo. Nada más llegar nos llamaron la atención los típicos casetos de vigilante de la playa que tantas veces se ven en la tele. Cada caseto estaba pintado de forma distinta y con colores muy vivos.

En la playa estuvimos de maravilla, hacía calor pero no asfixiante, y el agua estaba a la temperatura ideal: lo justo para refrescarse y lo suficientemente cálida como para poder quedarte eternamente sin llegar a pasar frío (no en vano el mar de Miami está pegado al Caribe). Todo perfecto. Justo lo que necesitábamos para acabar las vacaciones con las pilas recargadas.

Allí nos pasamos el resto del día saliendo sólo para comer, y lo hicimos en otra de las terrazas de Ocean Drive. Intentando evitar las hamburguesas pedimos calamares y tacos, pero ambos resultaron pura fritanga y sabían prácticamente igual. Luego veríamos en otros bares como la mayoría de la comida consiste en estas fritangas con un montón de rebozado y regadas con varias salsas de sabores extraños. Definitivamente la comida no es un punto fuerte de los estadounidenses ¡quién nos iba a decir que ibamos a echar de menos la alpaca!.

Esto puede explicar también la gran cantidad de gente (incluso muy jóven) tremendamente obesa que se ve por la calle. Desde luego en España se ven muchísimos menos y diría que ni de lejos tan gordos.

Una vez acabada la jornada de playa, más que satisfechos, por fin pudimos instalarnos en el hotel y darnos una merecida ducha.

Salimos por la zona de Ocean Drive, dentro del ya mencionado distrito art decó. En realidad son unos cuantos edificios bajos de la época de los años 20 y 30, con un cierto estilo caraterístico. De día no llaman mucho la atención pero de noche cobran vida gracias a las luces de neón que los adornan y a la multitud de bares y terrazas que los pueblan.

restauranteTodas las terrazas de Ocean Drive sirven más o menos el mismo tipo de comida así que acabamos en Ocean Ten que tiene una agradable terraza con fuentes y además música en directo protagonizada por un grupo vestido estridentemente a lo setentero en la mejor estética Boney-M. Cantaban bastante bien y nos amenizaron perfectamente la cena. Cada restaurante de la calle, y son muchos, ofrece diferente tipo de espectaculo musical, que es lo que marca la diferencia en realidad. Recorrer la acera y pasar frente a las terrazas cada una con un show distinto es todo un espectáculo digno de ver.

El camarero que nos tocó era hiper-lento. Nos recordó a la parsimonia que acabábamos de vivir en el Perú. En cualquier caso una vez tuvimos un par de copas de vino en la mesa no nos importó tanto :-), así nos dió tiempo a disfrutar del ambiente, la música y la buena temperatura.

La comida estuvo razonablemente bien, comimos costillas BBQ (una enorme montaña de costillas) que por suerte mejoraron bastante con la salsa. Mi churri se lanzó a por los langostinos grill, unos bichos bastante grandes hechos a la parrilla y acompañados de arroz con salsa picante, muy muy ricos.

Al final la broma salió por $94 (unos 70€). Está claro que es mucho dinero para la comida que tuvimos, pero si tenemos en cuenta el conjunto de terraza + espectáculo + localización no resulta desorbitado. En global la cena con la música y el ambientillo mereció la pena a pesar del precio.

Al día siguiente misma historia. Desayuno en el Pelican, otra de las terrazas del Ocean Drive, con mejor servicio y mejor oferta de desayuno que el día anterior. Y después vuelta a la playa.

Y con el gusto de estar vuelta y vuelta en la arena y bañandonos en las cálidas aguas durante todo el día concluímos nuestro viaje de este año. Nos fuimos con pena ya por la tarde hacia el aeropuerto donde nos esperaba el avión (nuevecito) de Iberia que nos traería de vuelta hacia España, ya soñando con las próximas vacaciones…

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Un comentario en “Días 21 y 22: Miami

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