Días 17 y 18: Paracas

Las Islas Ballestas

A las 8 empiezan a salir las excursions hacia las Islas Ballestas (S/.25, aunque muchas agencias intentan cobrar bastante más). Embarcamos en una barca fuera-borda con otros grupos organizados de alemanes y polacos (¿o eran rusos?) hacia las llamadas “las Galápagos de los pobres”.

Por el camino vimos un curioso geoglifo en forma de candelabro o de cactus de gran tamaño tallado hace unos dos mil años en la ladera de una montaña mirando hacia el mar.

Tras 20 minutos más de navegación y con un frío bastante importante por lo temprano de la hora y la velocidad de la barca, llegamos a las islas, que son varios islotes llenos de cuevas y plagados de pájaros. Ver los miles y miles de cormoranes, gaviotas, etc. sobrevolando nuestras cabezas nos recordó la película de Hitchcock “Los Pájaros”. De hecho el guía nos había recomendado llevar sombrero, no por el sol sino “por el guano”… 😛

Además de los pájaros también habitan la isla varias colonias de leones marinos, en algún islote nos acercamos tanto a ellos con la barca que casi se tocaban con la mano. Nos encantaron también los simpáticos pingüinos de Humboldt.

Muy interesante visita, lo mejor de Paracas sin duda y de lo más sorprendente del viaje. Ojo, hay que ir abrigados.

La reserva nacional de Paracas

Como el tiempo seguía nublado nos apuntamos sobre la marcha a la excursión para la reserva de Paracas que sale a las 11 en todas las agencias. Nos subimos a un autobús donde iban el conductor, el guía y también el que se notaba que era el jefe del cotarro. Este señor ocupaba toda una fila del autobus, hablaba sin parar sobre sus negocios y daba continuamente órdenes a los demás. Por su aspecto nos recordó a Jabba the Hutt, el de la Guerra de las Galaxias. Nos acompañó toda la excursión sin callar ni un momento, siempre hablando de la “plata”.

Al entrar en la reserva visitamos el centro de interpretación, con una interesante exposición en paneles explicando todo el entorno.

La reserva nacional es un paisaje desértico plagado de enormes dunas que parecen montañas. La gracia está en que hay rocas con distintas mineralizaciones que les dan colores desde el amarillo hasta el rojizo. Es muy curioso sobre todo cuando se junta este paisaje desértico con el mar, especialmente en la Playa Roja, llamada así por el color de su arena que contrasta con el amarillo de la roca circundante.

Tras 3 ó 4 paradas en varios miradores a lo largo de la Reserva llegamos al poblado de Lagunillas donde los empleados de los 3 restaurantes que hay nos asaltaron al salir del autobus para intentar convencernos de que comiésemos en su local. Nos escabullimos como pudimos y fuimos a hacer unas fotos panorámicas.

Luego con más tranquilidad acabamos comiendo en El Ché, quizá porque fueron los menos pesados. Un menú turista (S/.20) que incluía cebiche (estaba realmente bueno), y unos filetes de pescado a la plancha que no estaban mal.

Nada más comer volvimos directamente a Paracas sin visitar nada más. Quedó claro entonces que la visita a Lagunillas y la comida eran la típica “visita trampa”, todas las excursiones a la reserva acaban parando en Lagunillas donde recomiendan mucho comer en un restaurante concreto con el que claramente a comisión. Muy bien nos podían haber dejado en Paracas despues de acabar la visita a la reserva para comer donde quisiéramos.

Descanso total

Tras la excursión el cielo habia despejado. Curiosamente el viento empuja las nubes que se retiran como una cortina a ojos vista. Bajamos a la piscina y cuando el viento se hizo fuerte nos mudamos a la terraza de la habitación a tomar un poco más el sol.

Al día siguiente fue igual, amaneció nublado y no fue hasta la tarde que despejó algo y pudimos ponernos un rato al sol.

Al mediodía tomamos el vermouth en uno de los restaurantes del pueblo que tenía Martini. El que nos atendió no tenía ni idea de como sabía ni de como se servía, así que le dijimos que con hielo y nos dijo “¿en las rocas, como el whisky?” :-). Este fue el único vermouth auténtico que conseguimos tomar en todo el viaje.

Como ya dijimos, para tomar pisco el mejor sitio es el Miski, que tiene precios imbatibles (S/.10). Allí tambien hacen unas ricas pizzas al horno de leña y tiene buen ambiente con música.

Otro sitio donde comimos fue el Juan Pablo, donde probamos unos ricos camarones crocantes a la miel de maracuyá, y un regular arroz verde con vieiras.

Y poco más dió de sí Paracas. Pretendíamos que fuese un destino soleado para descansar un par de días y, aunque descansamos, lo que se dice sol no vimos tanto como esperábamos. De hecho por la noche refresca bastante, como en todo el Perú, así que aquí tampoco conseguimos librarnos del plumas.

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