Día 14: el valle sagrado

El plan del día era visitar el Valle Sagrado de los incas. Llamamos a nuestro amigo Rolando para que nos hiciese un tour privado en su taxi y se descolgó pidiéndonos S/.250. Consultando en el hotel nos ofrecieron otro taxista por S/.180. Dado que Rolando no quiso bajar nada el precio y la diferencia era bastante notable, nos quedamos con el taxista del hotel, de nombre Darwin.

Chinchero

Salimos a las 8 de la mañana hacia Chinchero. Realmente no sabíamos si parar o no. De hecho Darwin nos dijo que si íbamos a Urubamba a comer no nos daría tiempo. Al parecer en Urubamba no hay ruinas incas reseñables así que decidimos saltárnoslo y parar en Chinchero.

Fue todo un acierto. Para empezar alucinamos con la iglesia del pueblo, que desde fuera no impresionaba demasiado pero por dentro resultó ser una verdadera obra de arte. Sus paredes estaban completamente cubiertas de pinturas de colores suaves imitando flores y otros motivos religiosos. El artesonado de madera del techo también estaba completamente labrado y pintado de mil colores. Es una pena que la iglesia esté un poco envejecida, seguro que una vez restaurada (si lo hacen algún día) será una preciosidad.

Luego fuimos a las cercanas ruinas incas (incluídas en el boleto turístico) y resultaron ser mucho más grandes de lo que nos esperábamos tras leer las guías. Recorrimos los distintos niveles de la fortaleza y, si bien luego no serían tan impresionantes como otras, sí que nos parecieron interesantes.

Chinchero

En esta visita y en las siguientes había varios grupos de escolares visitando las ruinas, y pudimos escuchar a los profesores contar la historia de los antiguos incas y de como los conquistadores españoles destrozaron los logros de su cultura.

Salinas de Maras

Tomamos un desvío de la carretera hacia las salinas de Maras (S./10). Son unas salinas de construcción preincaica que se siguen explotando en la actualidad por una empresa privada. Están enclavadas en un pequeño valle y todas las terrazas juntas (¡¡son más de tres mil!!) con sus distintos tonos de blanco por el proceso de la sal crean un paisaje surrealista que merece la pena ver.

Salineras de MarasSalineras de Maras

Las curiosas terrazas de Moray

Despertamos a Darwin de su siesta 😀 y a continuación nos dirigimos a Moray, donde las terrazas incas están dispuestas en forma de círculos concéntricos. A diferencia de otras terrazas que habíamos visto, y que ocupaban las escarpadas laderas de las montañas, éstas rellenaban el fondo de una hondonada. Al parecer los incas usaban estas estructuras para crear distintos microclimas según la profundidad, exposición a sol, temperatura o humedad de la terraza. Así experimentaban la mejor manera de cultivar las distintas variedades de alimentos. Una auténtica obra de arte de ingeniería agrícola. Imprescindible visita.

Moray

Salimos de Moray hacia Ollantaytambo pero Darwin no nos llevó por la carretera normal, sino por un camino sin asfaltar que va por la montaña y desde el que se puede admirar la altura de los Andes con el frondoso y verde Valle Sagrado al fondo. Fue un camino un tanto tortuoso pero las espectaculares vistas bien merecieron la pena.

Ollantaytambo

Llegamos a Ollantaytambo (los locales lo abrevian como Ollanta), llamado el “último pueblo inca viviente” ya que se conservan intactas las calles de la época inca y muchas de las edificaciones. Es muy interesante ver las estrechas calles empedradas flanqueadas por los altos muros de piedra con su inclinación característica y el perfecto sistema de canalización de agua integrado en las calles. Un paseo por el pueblo y te trasladas inmediatamente a la época inca. Una visita totalmente imprescindible, de lo mejor que habíamos visto hasta el momento.

Antes de visitar las ruinas que se veían en lo alto de la escarpada montaña, paramos a comer en uno de los restaurantes-pizzería que abundan en Ollanta. Nos sentamos en la galería de madera, así que disfrutamos de unas buenas vistas sobre las ruinas durante la comida.

Después fuimos hacia el complejo arqueológico. Se trata de una fortaleza totalmente impresionante que va ascendiendo casi en vertical hacia lo más alto de la montaña. Subir las empinadas escaleras a través de las inevitables terrazas hasta la fortaleza es un auténtico triunfo debajo del sol abrasador de la tarde. Pero allí nos fuimos y, desde luego, la construcción desde arriba es aún más impactante que desde abajo.

Ollantaytambo

Parafraseando a Asterix ¡están locos estos incas! y es que tiene que ser un trabajo inconmensurable levantar todas estas construcciones en sitios tan innaccesibles. Un guía nos explicó que las canteras estaban en la montaña del otro lado del valle y que para traer las enormes piedras tenían que cruzar el río. Para ello ¡desviaban el curso del río dos veces! y así conseguían pasar los bloques de piedra hasta el otro lado.

Tras esta visita, nos despedimos de nuestros amigos, ya que nosotros nos quedaríamos en Ollanta mientras que ellos debían volver a Cusco para iniciar al día siguiente el mítico Camino del Inca, una ruta de 4 días por las montañas que acaba en el Machu Picchu. Este camino es una parte de la antigua ruta que seguían los incas para trasladarse de unas ciudades a otras, siempre a pie. Aunque volveríamos a vernos antes de volver a España, nos dió mucha pena despedirnos. Nos lo habíamos pasado muy bien juntos.

En tren por el valle sagrado

Nosotros visitaríamos el Machu Picchu al día siguiente, por lo que tomamos el tren desde Ollanta hasta el pueblo de Aguascalientes, sito al pie del Machu Picchu. La única forma de llegar allí es por tren a través del angosto valle sagrado. Para la ida fuimos con la compañía Inca Rail ($70, unos 50€). Nos pareció carísimo para un trayecto de hora y media, pero estamos claramente en la zona más turística de Perú y no hay otra forma de acceder a Aguascalientes, así que aprovechan y cobran lo que les parece. Además no es un tren cómodo ni mucho menos, los vagones son muy viejos con lo que la distancia entre asientos es muy pequeña y vas como sardinas en lata. El traqueteo es constante y molesto durante todo el trayecto.

Por suerte el paisaje durante todo el camino es totalmente impresionante, el valle se va estrechando cada vez más y las escarpadas montañas se ciernen sobre el tren hasta el punto que vamos literalmente aprisionados entre paredes de miles de metros de altura.

Aguascalientes

Llegamos al pueblo de Aguascalientes, que aquí ya llaman oficialmente Machu Picchu Pueblo. Al salir de la estación te encuentras con un laberíntico mercadillo del que es muy difícil escapar. Si al final logras salir de él te encuentras con el río Wilcamayu que divide al pueblo en dos partes, cada una flanqueada por una altísima montaña.

Aguascalientes apenas tiene dos calles aparte de la ribera del río, así que se recorre rápidamente a pesar de estar muy en cuesta. Está plagado de restaurantes y hostales, por lo que no nos costó mucho esfuerzo encontrar uno.

hotelBuscando alojamiento sobre la marcha por Aguascalientes acabamos en el Hostal John, que por S/.60 nos solucionó la noche. Una habitación sencilla con baño privado en una calle tranquila nos pareció más que suficiente para descansar unas horas sabiendo que tocaba madrugón al día siguiente. En recepción no parecían muy enterados de como iba el negocio y de las habitaciones que había libres. Ya ni nos sorprendimos.

Nuestra siguiente tarea fue sacar el billete de autobús para subir a Machu Picchu ($18,50 ida y vuelta, unos 15€). En todos los foros recomiendan sacarlo el día antes para evitar colas.

Empezó a llover así que nos metimos en el restaurante Pueblo Viejo Lounge a tomar un pisco sour antes de cenar. Tenía una agradable chimenea central, pero aun así no bastaba para dar calor al local ya que tenía todas las puertas abiertas por las que entraba una corriente de aire helado de la calle. Esto es algo bastante habitual en este país, incluso en los sitios más fríos. Por suerte tenían happy hour por lo que tomamos dos piscos por S/.18 acompañados de los exquisitos choclos (unos maices salados que ponen habitualmente de tapa).

curiosidadesLas casas de cambio de Aguascalientes ofrecen bastante mal cambio, así que si puedes llegar allí con dinero suficiente mejor que mejor. Nosotros tras preguntar en varios sitios al final cambiamos a 3,50 soles por euro cuando en Cusco habíamos encontrado cambio a 3,60.

restauranteFuimos a cenar al hotel Sumaq, cuyo restaurante nos habían recomendado encarecidamente.

Nada más llegar ya notamos la excelente atención por parte de un ejército de camareros (en una ocasión conté 10 simultáneamente). Solemos desconfiar de los hoteles donde se alojan las típicas excursiones de viajes organizados y éste estaba lleno de ellas, pero seguimos adelante confiando en las buenas referencias que teníamos.

Y resultó todo un acierto. Tras el aperitivo cortesía de la casa, tomamos de entrante una causa crocante. Las papas venían en un crujiente rebozado y como ingrediente principal llevaba tartar de trucha por encima. Las papas estaban todo lo bien de sabor que pueden estar las patatas, y el tartar era muy buen complemento.

Mi churri se pidió unos ravioles rellenos de trío de papas. Un plato muy rico, hecho con pasta fresca y regado con una salsa totalmente deliciosa.

Por mi parte, harto como ya estaba de la alpaca durante el viaje, pedí una canilla de cordero estofada a fuego lento en vino. La carne estaba muy bien hecha, se deshacía y tenía muy buen sabor. Buen plato. Venía con unos ravioles de camote (un tipo de papa dulce) que no me gustaron mucho como acompañamiento a este plato.

Con dos copas de vino, la cuenta salió por S/.110 (???). Me pareció un muy buen precio teniendo en cuenta que fue una de las mejores comidas en lo que llevábamos de viaje.

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